Aventuras en el Mercado de Coche | Crónicas Caraqueñas I

Hace como un mes fui al pequeño  mercadito que se instala todos los viernes y sábado en la zona donde vivo. El mismo lugar donde otrora gastaba entre 3 y 4$ por compra de verduras y frutas (que mas o menos me duraba unos 7/10 días), en ese instante me exigía entre 7 y 10$ por la misma compra. Mi presupuesto no llegaba a cubrirlo todo y tras algunas conversaciones con las personas que estaban haciendo la cola para pagar conmigo, decidí que tenía que buscar otras opciones. Tenía que ir al Mercado Mayorista de Coche.

El Mercado de Coche es un enorme terreno que queda a las faldas de Coche, uno de los barrios más peligrosos de Caracas. Es tan grande e importante que tiene su propia estación de metro, el transporte público subterráneo de la ciudad.  En él llegan camiones de productores provenientes de todos los lugares del país; pululan puestos informales de todo tipo, desde los mejor confeccionados con toldos firmes y puntos de venta impulsados por plantas eléctricas a diesel, hasta aquellos precariamente compuestos por un par de tablas y una balanza de dudosa exactitud.

Yo ya conocía el Mercado de Coche. Mi experiencia con él no fue del todo grata en el pasado, la primera vez que lo visité vi cómo dos jóvenes se debatían a muerte con sus cuchillos caseros mientras los vendedores del lugar les gritaban que pararan la riña, no porque temían por la vida de aquellos jóvenes belicosos, sino porque no querían que su mercancía se viese salpicada de sangre.

La segunda vez que fui al mercado fue un tanto más…extrema. En aquel entonces la escacez era mayor que la actual, el CLAP (productos importados subsidiados y distribuidos por el gobierno) no existía, así que si querías algún alimento con un precio regulado, tenías que, o hacer una cola, o comprarlo en el mercado paralelo a algún “bachaquero”.  En Coche habían muchos bachaqueros, a pesar de lo ilegal de su oficio, exponían sus productos sin ninguna clase de pudor o preocupación a reprimenda.

Cuando voy entrando al mercado, observo cómo un importante contingente de Guardias Nacionales (militares), empiezan a entrar al mercado con sus armas desenfundadas y cargadas. Los habían a pie, otros en carros, otros en camionetas y unos cuantos a pie. Se les veía apresurados, ajetreados, como si estuviesen persiguiendo a alguien. Al ser mi segunda visita al mercado, supuse que por la zona y protección a los visitantes, la Guardia solía pulular en el mercado en esa actitud y volumen. No le dí mayor importancia y seguí avanzando en búsqueda de papa, cebolla, zanahoria y algunas frutas.

Al llegar a los primeros puestos de venta, vi cómo los uniformados los destruían por completo, preguntaban por los artículos regulados, los encontraban, confiscaban y destruían el resto de mercancía. A pesar de tan complicado escenario, decidí seguir adelante con mi compra, esta vez con un paso un poco más apresurado; había venido de muy lejos y no estaba dispuesto a perder mis 2 horas de viaje. Armas cargándose y una consecuente ráfaga de detonaciones hicieron que cambiara de opinión rápidamente. Aquellos vendedores informales habían decidido no permitir que se le confiscara lo que ellos consideraban como mercancía apta para vender, así que sacaron sus armas escondidas entre los melones, debajo de bolsas negras y sus ropas holgadas y comenzaron a responder con disparos a los abusos de poder de los uniformados.

Aquel lugar se convirtió pronto en un caos donde las madres perdían a sus hijos en el medio de una multitud aterrada deseando salir por la única vía de escape. Agaché mi cabeza y mi cuerpo tal como los personajes de esos videojuegos que tanto me gustaban, miré a mi al rededor y vi a un pobre hombre en silla de ruedas intentando huir. Él vendía relojes usados, los tenía amarrados entre sí a lo largo de su silla, y su primer instinto fue resguardarlos a ellos primero que a él mismo. Salí corriendo en su dirección manteniendo la cabeza gacha, lo ayudé a desenredar la maraña de viejos relojes, los metí en una bolsa y empujé al viejo hombre junto a sus viejos relojes y más vieja aún silla fuera de las balas y gritos. Curiosamente aquel hombre solo sonreía con los ojos muy abiertos, como aquel que, tras una vida monótona y aburrida se da cuenta que hoy tiene algo qué contar un tanto interesante a su esposa cuando llegue a casa. Lo dejé en un taller donde reparaban automóviles cerca del mercado, y procedí a huir de allí mientras más uniformados con la misma sonrisa extraña del paralítico viejo iban en dirección contraria a la mía.

Fue la última vez que visité el mercado… hasta hace un par de días, que decidí regresar por la necesidad de comida, y la falta de presupuesto.

 

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Músico, flautista, arreglista y escritor. Since 1995. Caracas, Venezuela

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