Aventuras en el Mercado de Coche | Crónicas Caraqueñas II

Como les mencionaba en la anterior publicación, hace un par de días me tocó ir al mercado de Coche a pesar de mis malas experiencias con él en el pasado. Nos visitaba mi suegra, proveniente de tierras muy lejanas en el oriente del país. La cena navideña se aproximaba, quería comprar un par de alimentos pero mi presupuesto era muy pequeño para adquirirlos en pequeños vendedores locales o cadenas de supermercados. Siendo un 22 de diciembre y viviendo en un país amante del bonche y los días no laborables, mis opciones eran tan limitadas como mi bolsillo, así que me decanté por la más popular y peligrosa de todas, visitar uno de los mercados más peligrosos de una de las ciudades más peligrosas del planeta tierra.

El mercado de Coche es una mezcla extraña entre peligro, euforia y sentido de comunidad (y por ende de protección). Es como si metiéramos unos 10 mercados de especias hindúes en un terreno baldío del tamaño de dos campos de fútbol americano, le quitáramos todo lo exótico y en su lugar agregáramos frutas y vegetales criollos, hombres y mujeres gritando a decibelios inimaginados por el hombre, y una cantidad importante de balanzas trucadas para marcar más kilogramos de lo que verdaderamente pesan las cosas. Coche es un variopinto mercado donde hombres y mujeres de la más variopinta moral se juegan el pan día a día entre corredores de gente acorralada entre precarios puestos de verduras y hortalizas.

Caracas tiene una característica particular que la hace convertirse en una ciudad con múltiples personalidades. Cada zona parece tener su propia energía, en cuestión de metros puedes sentirte en una ciudad completamente distinta. Coche no es la excepción a esta regla, desde el momento en que salí de la estación de metro, pude sentir el aire apresurado, tan apresurado como las personas que lo respiraban. Los gritos de “vendo comida”, se escuchaban a lo lejos y de forma desperdigada, como presagiando la tormenta de bullicios que iba asolar mis oídos en cuestión de minutos.

Intententé fingir experticia, caminar cómodamente a pesar del temor a ser asaltado. Al entrar al mercado me sentí completamente desorientado y confundido entre una marea de gente que no tenía nada que envidiarle al cruce de Shibuya. Caminé como autómata hacia donde la multitud me permitió espacio, de pronto me encontré caminando de espalda a todos los mostradores y sin la posibilidad de ver el precio escrito en cartón de ningún alimento. Decidí ir hacia donde las personas caminaban, dejándome llevar por quienes de seguro tenían muchísima más experiencia que yo haciendo compras en aquel lugar. Me dispuse a observar…

Y no precisamente alimentos.

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Músico, flautista, arreglista y escritor. Since 1995. Caracas, Venezuela

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