Aventuras en el Mercado de Coche | Crónicas Caraqueñas III

Cuando las personas se sientes sobrecogidas por cantidad incontable de estímulos y emociones, reaccionan de distintas maneras. Unos actúan reaccionando equitativamente con las acciones que los abruman, otros huyen del caos. Lo que yo hice fue callar y observar; concentrado, con detalle; medio cerebro pendiente de cualquier posible amenaza a mi vida  a mis pertenencias, y el otro medio cerebro contemplaba los patrones que subyacen en lo profundo del caos.

Creo fervientemente que en la calle podemos encontrar la realidad social de la mayoría, en sus gestos, en su caminar, en su mirada podemos notar sus problemas más íntimos. La falta de carne en la nevera, el pernil prometido que nunca llegó, el sobrino asesinado “por un ajuste de cuentas”. Todo el estrés y frustración diaria se ve condensado y expulsado en cada mirada, en cada paso, en cada grito de cada comerciante. Eso fue lo que observé, los gritos desgarradores de los más jóvenes, deseosos de hacer escuchar sus ofertas de papa y lechoza por encima de sus colegas vendedores, saturaban el aire y hacían ver a través de aullidos la lucha por la supervivencia. Esa lucha de ellos, que es la misma mía.

Todo este caos me fascinó, y roto el encantamiento inicial producto de la saturación de mis sentidos, procedí a concentrarme en mi objetivo esa mañana: comprar comida. Realmente no fue nada difícil y no perderé mucho tiempo valioso en narrar el hecho, a parte del enorme cansancio de buscar entre marejadas de precios y el enorme peso que iba sumándose a mis espaldas, todo corrió con relativa normalidad.

Al llegar a la estación del metro, esperé unas 2 horas antes de poder abordar el primer tren, sumada a la hora que estuve esperando para llegar al mercado y el tiempo perdido en el trayecto, fueron 3 horas y medias las perdidas para moverme de un lado a otro. Había retraso en el metro, una avería en la vía a la altura de la estación El Valle, obligaba a los conductores a reducir su velocidad considerablemente haciendo que la espera en los andenes fuera insufrible.

Tan insufrible que,  en la espera para regresar a casa, pude observar cuatro riñas, tres entre mujeres y 1 entre hombres. Desconozco los detalles de las primeras 3, supongo que tenían que ver con empujones y violaciones al espacio personal ajeno. La última, la de un par de hombres, era una historia repetida. Una mujer víctima del hurto de su celular sin que se de cuenta , se queja de la falta de su bien material, a lo que un hombre fornido responde tomando al más moreno del vagón que esté a su alcance.

Sacaron pues del vagón a un hombre jóven, su franelilla humilde estaba hecha jirones y sus mejillas brillaban por las lágrimas de frustración de ser inculpado por un delito del cual no tenía ni conocimiento; apostaría que no era la primera vez que le pasaba ese terrible malentendido. El pequeño héroe cacheteó al joven, lo ahorcó le rompió la ropa y lo entregó a la Guardia Nacional para ser requisado. Al comprobarse que no poseía el celular, el hombre desapareció por completo. El resto de la historia es aquel hombre inculpado buscando junto a los guardias a aquel que rompió su ropa y lo llevó a vivir un rato muy desagradable.

El hombre ultrajado, mujeres pelando, una madre joven golpeando a una señora mayor “porque le golpeó al carajito”, la señora mayor respondiendo con más golpes. El metro retrasado, los gritos…. y las papas y las piñas y los aguacates a 3 por 500 y el sol y el sudor y el tiempo y la vida. La vida que es tiempo.

Caracas Caracas, yo te canto, tu me gritas. Tu me enseñas.

En enero vuelvo al Mercado de Coche, la plata por fin me alcanzó.

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Músico, flautista, arreglista y escritor. Since 1995. Caracas, Venezuela

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