Mi Ciudad y El Silencio | Poema

Mi Ciudad y El Silencio | Poema


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Hace un tiempo que regresé a la ciudad donde están mis padres. Entradas las vacaciones de la universidad, he venido a descansar un rato de la locura capitalina. Cada vez que regreso, es la misma emoción. Me provoca arrodillarme  y besar el suelo al mejor estilo papal. Barquisimeto, la ciudad que me vio nacer, también me educó; me formó como músico y como ser humano.

Lamentablemente, la alegría dura poco. Mi corazón me dice “llama a tus amigos para verlos”, y la memoria asesta un golpe casi mortal, al recordar que todos se han ido.

La crisis humanitaria que nos desola ha creado un exilio masivo, ha roto, nos ha alejado del arbol madre. Sus hojas no son más nuestro refugio.

Barquisimeto es lo que es por su gente, los cielos pintados, el obelisco, el cuatro y el trípode no son más que adornos que acompañan el cariño del guaro y la sonrisa del extraño amable. Una ciudad que pierde a sus ciudadanos, pierde su identidad, el nombre se convierte en un cascarón vacío que nos recuerda macabramente el pasado añorado.

De mi dolor, nace un poema oscuro que busca romper el silencio de las calles larenses. Estas letras van dedicadas a todos los terruños de esta noble tierra;  para los que se fueron, y para los que siguen luchando por acá.

 

Monumento “Manto De María.”
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Catedral de Barquisimeto.
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Mi Ciudad y El Silencio

 

Tierra de cielos rojizos,

me recibes con tus brazos

cansados, de tanto esperar.

 

El clima te acompaña y

la bienvenida es grupal.

Viento viejo que me vio nacer,

el cielo y los pajaritos.

 

Mamá sonríe contenta

y el carro espera para ir

al hogar de tiempos viejos.

 

El asfalto rojo y alfombra

Me recibe sin compañía

pero contento.

Menos que la última vez.

 

El camino que siempre era

ya no es.

 

La fiesta falta de invitados

escondía la soledad

tras la sonrisa de mi madre.

 

Algo se fue y no avisó.

 

El hogar de ayer y siempre

me recibió.

El cansancio nunca pudo

detener mis deseos de

visitar  los sempiternos.

 

Tomé el celular mío

y el directorio anunciaba

una muerte en lejanía.

Fotos de tierras lejanas

capturaban el gran dolor,

el desarraigo. El silencio.

 

La soledad me acompañó

a disfrutar de los cielos

pintados de rojo fuego,

naranja y desconsuelo.

 

Víctima de un éxodo

perdió sus hijos de siempre,

su músico y su guitarra.

 

La identidad se volvió

un extravío confuso.

La ciudad de mis amores,

hecha con y por su gente.

Ya no era.

 

Ni el cuatro, ni el cardenal

cantaban ya.

 

 

El Obelisco de Barquisimeto.
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Músico, flautista, arreglista y escritor. Since 1995. Caracas, Venezuela

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